Carlos Morelli Zavala: “Los ingenieros no se retiran ni se jubilan, mueren”

Siempre tuvo la vocación por la ingeniería. La posibilidad de crear y transformar cosas en algo nuevo fue lo que más le llamó la atención a la hora de escoger su profesión, afirma Carlos Morelli Zavala, quien terminó la carrera de ingeniería industrial en la Universidad Nacional de Ingeniería (UNI) y la ha ejercido en diversas áreas del sector construcción. Tiene cinco hijos y siete nietos. Aún no piensa en dejar de trabajar, porque “los ingenieros no se retiran ni se jubilan, mueren”.

“Me pongo a pensar la vida y ésta ha pasado muy rápido. Recuerdo que siempre tuve vocación por la ingeniería. Nunca tuve problemas con las matemáticas en el colegio ni en la universidad. La posibilidad de crear y transformar cosas en algo nuevo fue lo que me llamó la atención de la ingeniería industrial. Ingresé a la UNI (Universidad Nacional de Ingeniería) porque en ese momento, tenía la única Facultad de Ingeniería Industrial que había en el Perú y una de las primeras que hubo en América Latina. Tenía un carácter globalizador, uno podía estar vinculado a la parte de la economía, la producción, las finanzas. Los esquemas de desarrollo industrial estaban muy en boga en ese entonces; así que tenía un campo grande para desenvolverme”, cuenta el ingeniero Morelli.

“Soy egresado de la UNI a mucha honra”, destaca y recuerda que su vida universitaria fue parte importante de su existencia. “En ese momento, teníamos una UNI muy prestigiosa, con profesores de muy alto valor y era todavía la época en que, por ejemplo, los grandes funcionarios del Estado eran ingenieros, había una relación directa con un alto nivel académico. En nuestra facultad y, en otras, el arquitecto Fernando Belaunde era profesor de arquitectura, se paseaba por la universidad y tenía actividad política. La universidad atraía pensadores y había una preocupación por la cultura. Teníamos un alma mater prestigiosa que nos hacía sentir orgullosos”, comenta.

MUNDO DE LA CONSTRUCCIÓN

Luego de terminar la universidad, ocupó un cargo en la Oficina Nacional de Planeamiento y Urbanismo (ONPU). “Terminando la carrera empiezo a trabajar. Tenía entre 22 o 23 años. Hubo un concurso e ingreso a la ONPU. Tenía la responsabilidad de hacer los planes reguladores, planes de todas las ciudades del Perú. Conmigo ensayaron (sonríe). Incorporaron a un ingeniero industrial a los equipos de arquitectos, ingenieros civiles, planificadores, urbanizadores. Yo veía la parte de economía del desarrollo de la industria y comercio, cómo se desarrollan las ciudades para el futuro y se logró un Plan de Desarrollo de Lima para los próximos 40 años”, recuerda.

En esa época, el concepto de prever el desarrollo de Lima ya se desarrollaba. “La oficina la dirigía el arquitecto Fernando Correa, había muy buenos arquitectos e ingenieros ahí. El pensamiento era que Lima iba crecer desde Huacho hasta Pisco, que en esa época se consideraba casi una locura; pero las estadísticas, los estudios, las políticas y la implementación nos decía que iba a ser una ciudad enorme y no nos equivocamos. El problema fue que después se creó otra institución y la ONPU desapareció, se perdió la idea de planificar y pensar en el futuro”, rememora.

Dice que durante esos años leía mucho sobre ordenamiento urbano y planificación, que no era un tema reciente sino que venía desde hace mucho tiempo atrás. “En la época de Manuel Prado estaban muy preocupados por el crecimiento de Lima, entonces él y Pedro Beltrán (presidente de Consejo de Ministros), trajeron una misión francesa en el año 1959: La misión Lebret. ¿Quién era Lebret? Era un religioso dominico que tenía una gran preocupación por lo que llamaban el sub desarrollo. Tenía planteamientos muy claros en el tema de economía y urbanismo. Esta misión Lebret estudia Lima y toda su problemática y, a la hora de presentar el informe final, habla con el presidente Prado y le dice que Lima será abordada por gente que llegará de provincias a generar invasiones y demostró lo que ya estaba sucediendo. “Este cura es comunista dijo el presidente y lo sacaron”. La misión Lebret se fue, pero lo predijo”, indica.

El ingeniero Morelli partió a Francia en 1967 a continuar perfeccionándose. “Estuve un par de años allá, quizás un poco más. Estudié en dos instituciones una de ellas la que había formado el padre Lebret, el que había estado en Perú en 1959. Junto con otros peruanos estudié “Economía para el desarrollo” que incluía temas de planeamiento de proyectos y estuve también en el Centro de Altos Estudios de América Latina que queda en París. Luego trabajo por un tiempo en la Sociedad de Economía y Desarrollo, entidad de la caja de Depósitos y Consignaciones de Francia que hacía programas de desarrollo para África”, informa.

EL CENTRO CÍVICO

Estuvo vinculado a proyectos en algunos países africanos y al regresar al Perú formó la empresa Eica Consultores junto con otros socios. Ahí se dedicó a elaborar proyectos de ingeniería, supervisión de obras y otros.

El Centro Cívico tras el terremoto de 1974, el edificio no tuvo rajadura alguna, lo que comprueba que los estudios estructurales correctos, se logra ingeniería a toda prueba.

“En los años 70, se construyó el Centro Cívico. Y en 1974 se registró un terremoto en Lima. Nosotros éramos los supervisores de ese edificio que construyeron tres socios de Capeco, muy entendidos en la materia y muy buenos profesionales. Después de lo ocurrido venían funcionarios a tocarnos la puerta para ver dónde se había rajado o se había caído. El tema era que este edificio era el más alto de Lima. Y la discusión antes de su construcción era esa, nadie quería darle pase porque pensaban que se iba a caer. El Ministerio de Educación tenía 20 pisos y este 33, pasó los 100 metros y eso era imposible de construir en la época y menos teniendo un suelo como el de la capital. Al final, el edificio no se cayó, no se rajó, no le pasó nada y se demostró que se puede hacer ingeniería antisísmica”, cuenta y destaca que fue un trabajo de primer nivel donde estuvo como estructuralista Gallegos, Ríos, Casabonne, Icochea, Arango Ingenieros. “Nos felicitábamos por todo el rigor que se puso en la supervisión”.

Don Carlos Morelli afirma que la buena ingeniería es capaz de superar cualquier reto y con respeto. “Podemos pasar cualquier reto. Nuestra relación con la sociedad o comunidad es el respeto. Se puede confiar en lo que se va hacer porque hay normas, modernidad y todo lo necesario para que la gente esté tranquila. No nos pueden decir que no hemos estado haciendo bien nuestro trabajo en los últimos años. Pero creo que sí se ha descuidado lo que es la previsión y reacción en caso de sismos”, asegura.

YUNGAY Y PISCO

El ingeniero hace un símil al respecto. Recuerda que en el año 1970 cuando ocurrió el terremoto en el Callejón de Huaylas las acciones fueron inmediatas, en tanto con el terremoto en Pisco de 2007, aún las medidas correctivas y de reconstrucción siguen a paso lento.

Cuando ocurrió el terremoto en el Callejón de Huaylas se formaron inmediatamente grupos de trabajo. La reconstrucción no demoró. Le sorprende, en tanto, que no suceda lo mismo por el terremoto en Pisco de 2007 y más por la reconstrucción del Fenómeno de El Niño.

“En el año 70, lo que pasó en el Callejón de Huaylas fue brutal, no esperábamos un rebote de esa naturaleza. Yungay desapareció y fueron entre 50 mil o 70 mil muertos. Teníamos un país fracturado. El Perú estaba afectado por todos lados, las vías de comunicación, el aprovisionamiento de agua, la electricidad y había que hacer planes. Estábamos con el gobierno militar, pero se creó una autoridad, alguien con capacidad de mando y de decisión que pueda llevar adelante todo este programa de reconstrucción social. Esto lo presidió el arquitecto Santiago Agurto, quien junto a su equipo, lo primero que realizó fueron planes reguladores y planes directores para ver qué se hacía en cada ciudad. Cómo se iba a reconstruir y cómo resolver en el caso hubiera problemas serios. Había que replantear soluciones”, indica.

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