El diálogo como última instancia

La situación política del Perú no deja muchas salidas posibles y la principal, tal vez la única, es el diálogo entre todas las fuerzas del país. Esto no se trata de hacer declaraciones valientes para torcerle la mano a la izquierda o a la CONFIEP, los sospechosos habituales, como en la película Casablanca, sino de buscar en los espacios de encuentro entre ciudadanos, los puntos comunes que nos ayuden a recuperar nuestro país, secuestrado por voceros que hoy poco nos representan.

Martín Vizcarra, desde hace un tiempo, gobierna con las encuestas, constituida en una nueva mano invisible, un nuevo mercado, no del dinero, sino el de la aprobación ciudadana, mayoritariamente joven, que habla con likes, caritas felices y emoticones. Pero con quién más podría gobernar, si han desaparecido prácticamente todas las instituciones del Perú, si los peruanos han perdido toda forma de representación. Hoy los peruanos no se sienten representados ni por sus universidades, sus partidos políticos, sus sindicatos, ni por sus gremios empresariales. Todos viven desconectados de los ciudadanos.

El presidente Vizcarra no es tal vez el mejor orador, es alguien con poco ángel, sin capacidad de transmitir orgullo y entusiasmo incluso en uno de los instantes más felices que vivimos en los últimos días, cuando les colocó las medallas de oro a Gladys Tejeda y a Cristhian Pacheco. Pero por más que le falte carisma, es el mensajero y matar al mensajero por no recibir el mensaje, podría ser el error que nos sepulte como país, o que nos haga perder décadas nuevamente. El mensaje de los ciudadanos es que están hartos de la forma en la que funciona el Perú. No nos llenemos la mente y los discursos con ideas inútiles, dejemos de repetir lo mucho que el Perú avanzó porque ahora los muchachos de clase media tienen celulares 4G, cuando se los roban a punta de pistola, o que la gente accede a créditos, cuando les clonan las tarjetas o los comen leoninos intereses, o que ahora hay impulso a la microempresa, cuando los inspectores municipales los coimean todos los días para que puedan tener sus pequeños negocios abiertos. En este país, la injusticia cotidiana, alimenta la indignación de la gente.

La gente de a pie no entiende los detalles de las reformas políticas, los límites constitucionales, la división de poderes. Simplemente entiende que unos señores que llevan décadas en el Congreso, no son capaces de ponerse de acuerdo para lograr que el Perú se sacuda de la delincuencia y la corrupción, nuestros dos grandes males del siglo XXI, como lo fueron la violencia terrorista y la hiperinflación en los años ochenta. El Congreso tuvo una prueba de fuego y no entendió el pedido ciudadano de controlar la inmunidad parlamentaria y eliminar el voto preferencial, que hubieran ayudado a fortalecer los partidos políticos y con ello, la representación de los peruanos de a pie. En un juego de poca madurez política, los legisladores han enfrentado a un Ejecutivo débil, sin bancada, casi sin fuerzas; han retado innecesariamente a un Gobierno que cada vez más se ve acorralado por radicales, antimineros, antiinversión, antiprogreso. El Congreso, da pena decirlo, ha jugado en pared con las fuerzas que quieren hacer de la anarquía y la oclocracia la nueva forma de conducir el país.

Quienes estamos a cargo de las pocas instituciones del Perú, tenemos el deber de volver a conectar con los ciudadanos del Perú, de convocar al diálogo y de participar activamente de él, de impulsar las reformas políticas que sean las nuevas bases de un país más justo y competitivo. Tal vez estos días representen la última oportunidad de evitar que el Perú inicie el camino de regreso al atraso, a la diáspora peruana y a la extrema pobreza.

Humberto Martínez Díaz
Presidente