Juvenal Baracco: “El arquitecto no escoge sus obras, las obras lo escogen a uno”

Juvenal Baracco tiene 78 años. Asegura que todas las cosas en su vida las ha vivido conforme llegaban. Así, ingresó en el año 1957 a la Universidad Nacional de Ingeniería (UNI) por sugerencia de su padre a estudiar ingeniería civil cuando todavía no tenía una idea clara de lo que quería pues solo contaba con 15 años. Reconoce que no era buen estudiante por lo que optó por buscar otra cosa y, haciendo prácticas en una obra en el distrito de Ventanilla, se encontró con la arquitectura, un mundo que lo atrapó hasta el día de hoy.

“Yo había intentado ser arquitecto como una opción de entretenimiento mientras era colegial, pero no tenía una idea concreta de cómo era el asunto. En esa duda, es que mi padre me conminó a postular a la facultad de ingeniería”, recuerda Juvenal Baracco. Sin embargo, en cuarto año de carrera se dio cuenta que no era lo suyo.

Junto con un grupo de compañeros postuló a una obra para hacer prácticas. “Era una carretera en el distrito de Ventanilla. Fuimos al campamento, a un arenal donde había solo ingenieros. Pero luego llegaron a la oficina varios arquitectos a solucionar unos planos de levantamiento topográfico. Yo, con mucha curiosidad, pedí que me asignaran a ese grupo. Estuve un año y eso me gustó. Y era tan notorio que uno de los arquitectos me preguntó: ‘¿por qué no estudias arquitectura? Dentro de dos semanas son los exámenes, preséntate’. La idea me pareció genial, así que di los 14 exámenes de entonces y para sorpresa mía me fue demasiado bien”, comenta respecto a su ingreso.

Tenía 19 años y no abandonó la ingeniería. Todo lo contrario acabó la carrera y continuó con la otra. Es decir, Juvenal Baracco es ingeniero y arquitecto de profesión.

Reconoce que fue difícil estudiar las dos carreras, pero no imposible. Con el título de ingeniería bajo el brazo optó por laborar en la UNI. “Ya tenía el título y podía trabajar en cualquier sitio. Entonces me dije ‘si todavía tengo que estudiar arquitectura, mejor me busco un trabajo en la facultad en vez de irme lejos’. Entonces siendo estudiante de arquitectura podía ser jefe de prácticas, auxiliar o lo que sea. Lo curioso es que entré y no he vuelto a salir. Soy profesor desde el año 65 y sigo hasta la actualidad”.

No obstante, el trabajo profesional lo fue absorbiendo. Tanto así que en 1971 decidió dejar la docencia por un año para seguir proyectando, sin embargo, tuvo que “renunciar de manera definitiva” por los compromisos fuera de los centros de estudios. Pero, la sombra de la docencia lo siguió a través de un grupo de estudiantes de la Universidad Ricardo Palma quienes le pidieron que se integre a la plana docente. “Casi inmediatamente de mi renuncia total, aparecieron chicos del tercio superior de la Ricardo Palma a pedirme que regrese porque también enseñaba allí. Me convencieron porque se habían quedado sin profesor. Pero puse algunas condiciones pensando que no aceptarían, pero lo hicieron. Así que eso me condenó a decir que sí. Me dieron una serie de condiciones excepcionales y me convertí a los 30 años en profesor principal”, comenta.

Cuenta que su padre era ingeniero y su madre una pintora, que estudio en Bellas Artes. Tiene un hermano que estudió ingeniería civil, pero no acabó. También otro médico y una hermana que es intérprete. En el plano más familiar indica que tiene ocho hijos. “Mis hijas salieron artistas, pero tengo un hijo médico, otro que es hombre de negocios y un arquitecto. A ellos los dejé sueltos, que ellos decidan” indica a propósito de su experiencia.

CONCURSOS – OBRAS

Entre sus proyectos recuerda una con especial interés. “Tenía 26 años y junto con un grupo de clases nos presentamos al concurso del Banco Minero (ahora Sunat) en 1967. Nos juntamos y ganamos. Fue una cosa increíble. El segundo puesto lo ganó Miguel Rodrigo, que en ese entonces hacía cinco o seis bancos al mismo tiempo. Le dimos vuelta a la propuesta porque con ella se perdía mayor área de atención de la que se podía hacer. Nosotros lo resolvimos a través de niveles, un poco ortodoxo para términos bancarios, pero funcionaba y se cumplía con lo que se solicitaba. Nunca habíamos hecho un edificio completo y este era complejo, por ello, llamamos a todos nuestros amigos. Trabajamos como locos y al final cuando llegó el dinero, prácticamente, todos ganamos como dibujantes. Lo más genial es que se hizo como nosotros propusimos”, detalla.

El arquitecto Juvenal Baracco culminó las carreras de ingeniería y arquitectura. Recuerda como un gran logró sus participación en los concursos del Banco Minero y el Colegio Médico del Perú.

 

También comenta que esta obra les hizo presentar soluciones que no se habían visto en el país. “Teníamos que hacer un muro cortina de vidrio que tenía 12 metros de alto. En Lima no existía un vidrio de ese tamaño. Buscando y encontramos un detalle chiquito en una revista norteamericana. Era la vidriera de un hipódromo. Mandamos la copia ampliada a un fabricante y lo hizo. Era un sistema inédito que funcionaba mediante grapas y colgado por presión pura. Lo probamos sísmicamente y funcionaba. La ignorancia es audaz y salió. Fue una prueba de fuego que pasamos” indica.

Una anécdota al respecto surgió con el arquitecto Oswaldo Nuñez, quien conformaba el grupo junto con los arquitectos Cavassa, Chang Say, Hurtado, Lizárraga y Wong. “Resulta que teníamos que entregar la propuesta y Nuñez estaba haciendo la perspectiva y tomando café. Como estaba nublado porque tenía dos días sin dormir, metía el pincel para hacer la acuarela cuando de pronto vimos que la perspectiva estaba un poco marrón. La había pintado con café y así quedó”, sonríe.

Otro proyecto ganador fue el Colegio Médico allá por el año 1970. La propuesta se asentó sobre una manzana que tenía una casa de estilo Tudor. “Hicieron un concurso que falló porque pidieron estacionamientos en condiciones que eran imposibles cubrirlos. Y como vi que no se podía, le hice un truco. Cuando el jurado empezó a trabajar encontró que ninguno había resuelto el problema, excepto yo. ¿Cómo? El área del terreno no daba para todos los automóviles, había que hacer un segundo sótano que estaba prohibido en las bases, pero no decía que no podían estar afuera. Yo puse lo que faltaban en el retiro. Así que lo gané”.

Pero también recuerda los que perdió por desconocimiento…

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